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Al desconcierto y la interna feroz en el oficialismo por el rumbo económico acordado con el FMI, se le suma el oportunismo de sectores de la oposición para vender recetas milagrosas contra la inflación, como el “proyecto dolarizador” de un diputado de Juntos por el Cambio. Analicemos el tema:

  • Supongamos que mañana se eliminara, de un plumazo, el déficit fiscal en Argentina. Supongamos que se lograra suprimiendo “privilegios de la política”: el gasto público está plagado de despilfarros. Aunque el motor de la expansión fiscal de los últimos 15 años fueron el gasto previsional y social (60% del total) y los subsidios económicos (Energía y Transporte). Así que supongamos también que, sin resistencias, se ajustara fuerte en jubilaciones, planes sociales y subsidios (3 puntos del PBI) con descongelamiento tarifario total. Supongamos que partimos de déficit cero, para simplificar todo. Los economistas necesitamos supuestos simplificadores de la realidad (social y política), para ir al punto.
  • El proyecto de ley de dolarización (7 artículos) del diputado Alejandro Cacace de Juntos por el Cambio dice que se establece el dólar como moneda de curso legal (Artículo 1) y que el tipo de cambio de conversión entre el peso y el dólar será igual al cociente entre pasivos monetarios y no monetarios del Banco Central –Leliqs y Pases– y las reservas internacionales (Artículo 2).
  • La base monetaria (billetes y monedas en poder del público, disponible en bancos y encajes bancarios en el BCRA) es de 3,6 billones más $ 4,7 billones de Leliqs y pases. Después de lo aportado por el FMI, habría U$S 7000 millones reales en el BCRA. El dólar de conversión sólo contra la base monetaria sería de 514 pesos.
  • Supongamos que se consiguieran U$S 18.000 millones para dolarizar la base monetaria a un tipo de cambio de 200 pesos (supongamos que no hubiera híperinflación en ese momento). ¿Qué hacemos con el resto de pesos en el sistema?
  • Desde otra perspectiva, recordando lo que sucedió en la corrida contra la Convertibilidad. En Argentina hay 8,2 billones de pesos en depósitos la vista (cuenta corriente, caja de ahorros) y plazos fijos. Para simplificar, si se dolarizara todo convalidando de inmediato un dólar a 200 pesos, se necesitarían U$S 40.000 millones.
  • Sin dólares en el BCRA, si se colocara un Bonex (bono denominado en dólares) por las Leliqs en el activo de los bancos y del otro lado se convirtieran depósitos en “argendólares” los ahorristas correrían a retirar dólares que no existen, y terminaría todo en otro corralito. Si por los depósitos a plazo se ofreciera otro BONEX, al instante valdrían un tercio o un quinto del valor. Un supuesto insostenible: ahí nomás se podría en peligro a los bancos y la continuidad del gobierno democrático de turno.
  • Como dijo Carlos Melconián, sin reservas en el BCRA, “todos los que tengan un proyecto dolarizador en la cabeza tienen que llamar al mago David Copperfield para que lo haga”.
  • Nadie puede creer hoy que Estados Unidos vaya a ofrecer esos dólares y la Reserva Federal aceptara ser prestamista de última instancia de los bancos argentinos. Si un banco enfrentara problemas de liquidez para devolver depósitos, disponer de cierres  inmediatos a falta de un prestamista de última instancia, podría detonar una corrida sistémica y derivaría en un corralito que, como enseña el 2001, termina con los Gobiernos.
  • Si Estados Unidos ofreciera una Unión Monetaria en Latinoamérica, al estilo de la Unión Europea con el euro sería distinto.
  • Pero en ese caso, más allá de que Washington no muestra ningún interés en el asunto, por qué habrían de impulsar algo así Brasil, México, Chile o Colombia, que son economías estables con un  Banco Central independiente y tipos de cambio flexibles.
  • Con las commodities que exportan con precios elevados, como en la actualidad, el ingreso de dólares extra aprecia sus monedas (el dólar cae en esos países) y amortiguan el impacto en precios internos. Cuando Estados Unidos sube rápido la tasa de interés (para enfríar su economía y desacelerar la inflación), salen capitales de los emergentes hacia Estados Unidos, el dólar se fortalece en el mundo y caen los precios de las materias primas. Entonces, las monedas de los países de la región se devalúan, mejoran su competitividad y garantizan el ingreso de dólares por la balanza comercial. Funcionan justo al revés del ciclo en Estados Unidos.
  • Si por arte de magia, sólo Argentina dolarizara su economía, ¿qué sucedería el día que salieran capitales de países emergentes, Estados Unidos apreciara el dólar, cayeran los precios de las commodities, todos los países de la región devaluaran y se redujera drásticamente el ingreso de dólares al país? La economía dolarizada debería ajustar con una deflación de precios y salarios (en dólares), forzada por una profunda recesión y salto de la desocupación.
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El diputado y economista de Juntos por el Cambio, Luciano Laspina, me recordó esta cita de Milton Friedman (“The case por flexible exchange rates”, 1953) pertinente para un shock externo en una hipotética “Argentina dolarizada” (y, por supuesto, válido para el final de la convertibilidad con tipo de cambio fijo, posterior a la devaluación de Brasil en enero de 1999): “Si los precios internos fueran tan flexibles como los tipos de cambio, haría poca diferencia que el ajuste sea hecho a través de cambios en el tipo de cambio o en cambios en los precios internos. Pero esta condición claramente no se cumple…Al menos en el mundo moderno, los precios son altamente inflexibles. La inflexibilidad de precios, o diferentes grados de flexibilidad, significa una distorsión en el ajuste en respuesta a cambios a las condiciones externas…Los salarios tienden a estar entre los precios menos flexibles. En consecuencia…es probable que se produzca un aumento del desempleo antes que una reducción de los salarios…Este es claramente un método muy ineficiente de ajuste ante cambios en el sector externo. Si los cambios externos son persistentes, el desempleo producirá presiones firmes a la baja sobre precios y salarios, y el ajuste no se habrá completado hasta que la deflación haya completado su curso”.

¿Cuánto duraría un Gobierno democrático en Argentina que enfrentara un proceso recesivo-deflacionario prolongado, con alto desempleo y caidas de salarios, jubilaciones y otros ingresos fijos, en términos nominales? ¿El agónico final de la Convertibilidad no fue experiencia suficiente? El realismo del profesor Friedman contrasta con los oportunistas que ofrecen recetas mágicas para enfrentar un problema complejo –no en el  laboratorio o en la planilla de Excel, ahí en primer año de la Facultad se resuelve—sino en la realidad argentina. Y ven un modelo a seguir en los casos peculiares de Ecuador o el Salvador, en lugar de observar a la mayoría de los países emergentes con economías estables, baja inflación y crecimiento sostenido, moneda emitida por sus bancos centrales y tipo de cambios flexibles.

Maximiliano Montenegro