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La imagen de Luis Inacio Lula Da Silva escoltado por policías que lo llevan a declarar en el escándalo de corrupción de Brasil tuvo doble impacto en Argentina.

El llamado Petrolão no sólo tiene funcionarios y empresarios argentinos involucrados en una larga historia desobornos. Además, sintoniza con las denuncias que el kirchnerismo reflotó en los últimos días. 

Los partidarios de la ex presidenta comenzaron la semana pasada a advertir que el plan del gobierno de Mauricio Macri es “meter presa a Cristina Kirchner”.

El primer mensaje que inquietó al kirchnerismo fue el dictamen del fiscal Ricardo Sáenz que consideró probado que Alberto Nisman fue asesinado.

El segundo dardo envenenado fue la declaración testimonial de 16 horas del ex jefe de Contrainteligencia Antonio Jaime Stiuso.  

El más poderoso de los espías coincidió con el dictamen de Sáenz -dijo que al fiscal lo mataron- y logró su primer objetivo: trasladar la causa a la Justicia federal, el territorio en el que fue amo y señor durante décadas.

El regreso de Stiuso le puso los pelos de punta a los seguidores de Cristina. Oscar Parrilli pidió que lo custodien para evitar que le pase “lo mismo que a Nisman” y Luis D’Elia advirtió que el objetivo del misterioso Jaime es meterlos presos a todos.   La aparición pública del agente que fue la sombra de Nisman durante 20 años reaviva la causa y genera un escenario inédito.

Famoso por moverse en las sombras, Stiuso no sólo se mostró en público sino que incluso llamó por teléfono a un programa para salvaguardar su buen nombre.   Pasó de ser el soldado más fiel del kirchnerismo a convertirse en una amenaza difícil de conjurar.

Los leales a CFK ahora dicen que Stiuso es impiadoso y prepara su venganza. Sin embargo, culpar a la ex presidenta por la muerte del fiscal parece una misión imposible. Más sencillo será avanzar en la causa Hotesur, el expediente en el que el juez Claudio Bonadio investiga si la familia Kirchner se dedicó al lavado de dinero durante sus años en el poder.