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Ayer la Plaza del Congreso fue el escenario de uno de los días más violentos desde la vuelta de la democracia.
Durante 7 horas sostenidas el parque que se encuentra frente al Parlamento fue un campo de batalla. Entre los cánticos contra el Gobierno, los tambores y los gritos, hubo pedradas, fuego, explosiones y detonaciones de armas de las fuerzas de seguridad.
Mientas que dentro del recinto los diputados abrían la sesión para debatir la reforma previsional con el Himno, afuera una lluvia de piedras y bombas molotov empezó a caer sobre una guardia de la Policía de la Ciudad que durante por lo menos 2 horas se limitó a impedir el avance de los manifestantes violentos.
 
Más tarde, los efectivos recibieron la orden de responder. Lo hicieron con camiones hidrantes, con balas de goma y gases lacrimógenos.
Hasta entrada la tarde, fue cíclico: los activistas encapuchados y con armas caseras avanzaban sobre los policías hasta que eran dispersados y se reagrupaban para volver a avanzar.
Los violentos fueron una minoría, pero su vehemencia se llevó toda la atención.
Ya a la noche la intensidad de los enfrentamientos disminuyó. Y confluyeron en la plaza columnas de vecinos con cacerolas que permanecieron en vigilia durante la madrugada.
Aunque incomparables con lo sucedido a la tarde, volvieron a haber incidentes.
Según el SAME hubo por lo menos 162 heridos. Según el hospital Churruca, fueron atendidos 88 efectivos. Tres con traumatismos graves. 68 personas quedaron detenidas.
La plaza había sido reinaugurada hace 3 meses. Hoy está arruinada.