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El relato K sugiere el hecho insólito de que Macri sea el primer Gobierno en la historia en asumir al que su predecesor le pase facturas por la difícil situación económica actual. El sentido común indica que las cosas funcionan al revés: todo Gobierno entrante suele quejarse por la ‘pesada herencia’ recibida y algunas veces ese argumento sirve incluso, pasado el tiempo, para disimular errores de la propia gestión.  

Sin embargo, más allá de los absurdos del kirchnerismo talibán, Macri empezó a entender esta misma semana que su período de gracia con la sociedad será más acotado de lo que él mismo suponía. Durante la campaña prometió que iba exceptuar al medio aguinaldo del impuesto a las Ganancias. Hace unos días, tras comprobar el ‘descontrol total’ de las cuentas públicas -según dice Macri en privado-Jorge Triaca el nuevo ministro de Trabajo avisó que no daban los tiempos administrativos y que las modificaciones en Ganancias quedaban para marzo.  

Entonces la cancha no se la marcó Cristina sino Moyano, un supuesto aliado. “Si levanta las retenciones al campo debería eximir de Ganancias al aguinaldo”, alertó el camionero en línea con Caló, Yasky, Micheli y el resto de las vertientes del sindicalismo. Macri dejó las dudas de los técnicos de lado y recalculó políticamente: eximirá de Ganancias al aguinaldo de quienes cobran hasta $ 30.000 brutos.  

Ante semejante escenario, el presidente ampliará o achicará sus márgenes de maniobra según como encare dos grandes desafíos económicos. El primero es salir lo antes posible del cepo, estabilizando un dólar único en valores ‘razonables‘. Macri está convencido de que tiene que ‘jugar fuerte desde le principio’, porque con el cepo y sin dólares en el Banco Central no hay salida: “No se puede importar y la economía se hunde”, junto con el capital político, como le ocurrió a Cristina. También sabe que con la actual cotización del tipo de cambio oficial no entrarán dólares al país. Y que todos los dólares que pudiera conseguir con deuda o créditos de organismos internacionales solo servirían para financiar la fuga, como le pasó a De la Rúa con el blindaje.  

En los últimos dos años, tras la devaluación de enero de 2014, Kicillof fue más ‘cavallista’ que nadie. Clavó el dólar como única ancla de los precios y acumuló un ‘atraso cambiario’ sideral: desde el 30 de enero del año pasado hasta esta semana, el dólar aumentó solo 21% frente a una inflación acumulada del 60%. El dólar es lo único que volvió a quedar barato en Argentina. Por eso, aún con cepo, se vaciaron las reservas del Banco Central: entre dólar ahorro y turismo se vendieron en un año u$s 13.000 millones. Para colmo en el último año todos los países de la región devaluaron fuertemente con inflaciones muy bajas, liquidando la competitividad de la producción nacional y de las economías regionales.  

Salir del cepo con una devaluación controlada no es sencillo. La base monetaria supera los $ 611.000 millones frente a poco más de u$s 25.000 millones de reservas brutas, incluyendo yuanes, divisas comprometidas para el pago de acreedores bloqueado por Griesa y otros maquillajes. La relación da $ 24 en circulación por cada dólar en las reservas, dólares que en realidad tampoco son tales. A fines de 2011, cuando Cristina inventó el cepo, esa relación arrojaba $ 4, en línea con el tipo de cambio oficial.  

Así que para estabilizar sin cepo un nuevo dólar con un techo de $ 14 o 15 -el valor del paralelo actual- Macri debería conseguir una gran cantidad de dólares para recomponer las reservas y generar las expectativas de que habrá una oferta todavía mayor en un futuro cercano, tanto de dólares comerciales (exportaciones del agro) como financieros. Con ese objetivo trabaja contra reloj el equipo de Alfonso Prat Gay.  

El segundo desafío es no repetir el error de las devaluaciones de Cristina, que quedaron siempre licuadas por una suba de precios aún mayor. Entre enero de 2013 y diciembre de 2015, el dólar oficial pasó de $ 4,90 a 9,75, una suba de casi 100% en tres años. Y como se dijo el dólar a $ 10 ya no existe.  

Macri promueve un pacto social para coordinar expectativas inflacionarias, precios y salarios. Para ello también tendrá que encontrar otra ancla para la economía que no sea el uso y abuso del tipo de cambio como se hizo hasta ahora. Recomponer el equilibrio fiscal y dejar de emitir pesitos devaluados sería la fórmula. Pero Cristina le deja un déficit fiscal que en el cálculo más conservador asciende a $ 250.000 millones. Y una serie de demandas sobre ingresos (baja de retenciones, ganancias, recursos retenidos por Anses a las provincias) y gastos (subsidios económicos/tarifas) que dificultará achicar ese agujero en el corto plazo.  

Las remarcaciones de las últimas semanas son una señal de alarma aún antes de calzarse la banda presidencial. Según la consultora Elypsis, a la primera semana de diciembre la inflación de las últimas 4 semanas superó el 3%.  

En los próximos meses, se verá si las medidas que anunciará en las próximas horas el presidente Macri tienen éxito o si queda atrapado en el círculo vicioso (inflación-atraso cambiario-devaluación-inflación-atraso) del que Cristina no pudo, no quiso o no supo escapar.