El escenario macroeconómico argentino atraviesa una fase crucial de definiciones, marcada por la rigidez del esquema oficial y las crecientes presiones de distintos sectores. En su reciente editorial de MMD, Maxi Montenegro junto a Juan Pablo Marino analizó a fondo el núcleo de la estrategia de Javier Milei: un férreo rechazo a cualquier flexibilización de la política fiscal y monetaria, incluso ante las demandas electorales del próximo año. “Nosotros no vamos a flexibilizar nuestra política fiscal. El resultado fiscal no se negocia y tampoco vamos a negociar la política monetaria”, sentenció el presidente, sintetizando su postura con una frase contundente: “Al populismo no se le gana haciendo populismo”.
Sin embargo, detrás de esta firmeza discursiva, se esconde la gran incógnita del rumbo oficial: cómo transitar la transición económica sin desestabilizar el programa financiero en un contexto donde el país se ha encarecido fuertemente en dólares.
El dilema cambiario y las advertencias del FMI
La pax cambiaria actual y la inflación en dólares —impulsada por la salida de dólares de los colchones, un auge de la venta de vehículos y una suba del 40% en las propiedades en dólares— están erosionando de manera acelerada la competitividad de las actividades productivas. Mientras el sector industrial y pymes tecnológicas sufren un desplome de la demanda interna, el Fondo Monetario Internacional (FMI), a través de figuras como Gita Gopinat, insiste en que el Gobierno debe acumular reservas de manera más acelerada y transicionar hacia un tipo de cambio flexible.
Desde el organismo advierten que la volatilidad cambiaria de cara al año electoral podría generar inestabilidad si no se cuenta con un colchón genuino de reservas. El ministro de Economía y su equipo buscan desesperadamente financiamiento para evitar una corrida, conscientes de que no pueden depender únicamente de préstamos oficiales para justificar la devaluación o la salida definitiva del cepo.
La lupa en las reservas: El debate sobre las compras del BCRA
Uno de los momentos más sustanciosos del debate en MMD giró en torno a las cifras reales de acumulación de reservas durante el último mes. El periodista de economía Juan Pablo Marino aportó datos clave sobre la fuerte desaceleración de las compras del Banco Central en el mercado cambiario, señalando que las compras cayeron de más de 2.000 millones de dólares en julio a solo 768 millones de dólares en el mes de agosto. Esta merma es preocupante considerando que agosto representó el tercer mejor mes de liquidación de divisas del agro de las últimas dos décadas.
Ante esto, el analista financiero Martín Genero introdujo una distinción técnica indispensable para no comprar espejismos estadísticos. Genero advirtió que es necesario diferenciar las transacciones del sector privado en el mercado cambiario de las operaciones que realiza el sector público con el Tesoro. La emisión de deuda pública y la posterior venta de esos dólares al Banco Central terminan inflando el balance general, ocultando que la capacidad real de captar divisas genuinas de la economía privada está en niveles notablemente bajos.
El espejo de Macri y el “relato del laboratorio”
Montenegro dedicó un tramo central de su editorial a cuestionar la lectura histórica que Javier Milei hace sobre el gobierno de Mauricio Macri. El mandatario actual sostiene —haciendo de eco de las tesis de Federico Sturzenegger— que Macri fracasó porque en diciembre de 2017, tras la reforma previsional, se asustó con las protestas en la calle, flexibilizó las metas de inflación y adoptó una postura “tibia”.
“Macri chocó la economía los dos primeros años, no los últimos dos”, rectificó Montenegro. Según el director de Plan M, lo que realmente descarriló la gestión de Cambiemos fue el enorme atraso cambiario generado por la política monetaria inicial en medio de un gradualismo fiscal laxo. Al cortarse el financiamiento externo a inicios de 2018, el gobierno de Macri se vio obligado a aplicar un “ajuste picapiedra” feroz bajo el dictado del FMI. Ese ajuste ortodoxo —que cerró el déficit fiscal pero destruyó 250.000 empleos registrados y sumió al país en dos años de profunda recesión— fue lo que la sociedad finalmente rechazó en las urnas, y no una supuesta debilidad ante la protesta de calle.
¿Hacia márgenes de ganancia internacionales o una recesión sin salida?
El gran interrogante de la gestión de Milei es si el tejido industrial y comercial argentino logrará sobrevivir a esta transición. En países estables como Brasil o Perú, donde la inflación es de un dígito, las empresas operan con márgenes de ganancia extremadamente bajos y comprimidos (entre el 1% y el 5% anual) gracias a que gozan de financiamiento a largo plazo y estabilidad impositiva.
En cambio, la pyme argentina hoy enfrenta un atraso cambiario combinado con costos financieros del 65% al 70%, subas tarifarias de servicios públicos del 40% y una presión impositiva asfixiante. Sin una devaluación en puerta y con el Gobierno negándose a flexibilizar la política monetaria, la única salida para competir frente a las importaciones y el contrabando es que el Estado baje drásticamente los impuestos.
Por ello, desde cámaras empresariales como la Unión Industrial Argentina (UIA) y referentes como Rapalini ya no piden un cambio de plan cambiario —sabiendo que Milei no cederá—, sino herramientas paliativas como un “Mini-RIGI” para inversiones de menor escala (desde 50.000 o 100.000 dólares) y reducciones en el impuesto a las Ganancias. Sin este alivio fiscal, la transición corre el riesgo de ahogar la producción nacional en pos de la meta antiinflacionaria.
