Economía

“No le digas idiota a…”: Morosos y pymes fundidas. El editorial de Maxi Montenegro

El editorial de Maxi Montenegro

La crisis de la deuda privada en la Argentina ingresó en una fase crítica, marcada por un duro debate de fondo entre el dogmatismo del Gobierno y la asfixiante realidad microeconómica de las pymes y las familias endeudadas. En su reciente editorial, Maxi Montenegro analizó a fondo esta problemática, lanzando una fuerte advertencia a los sectores oficiales: no se puede tildar de “inútiles” o “idiotas” a quienes hoy no pueden pagar sus deudas o sostener sus persianas abiertas en medio de una recesión sin precedentes.

A continuación, repasamos las principales reflexiones, los datos duros de la mora, el análisis financiero de Martín Género y la radiografía de las pymes que presentó Amílcar Collante en una discusión clave para entender el futuro inmediato de la economía argentina.

Los datos de la mora: ¿Alivio real o estancamiento del crédito?

El análisis de Montenegro comenzó con un dato que, a primera vista, podría parecer positivo para la administración nacional, pero que esconde una compleja parálisis. Citando un informe de la consultora 1816 basado en datos de la central de deudores del Banco Central (CenDeU), Maxi destacó que la morosidad del crédito al sector privado dejó de subir en junio de 2026, tras 19 meses consecutivos de incrementos mensuales.

De forma muy marginal, la mora del crédito de las familias cayó del 12,8% al 12,7%, mientras que la irregularidad total del crédito retrocedió del 7,7% al 7,6%. En el caso de las empresas, la morosidad se mantuvo estable en un 3,5%.

Sin embargo, el conductor advirtió que este freno en la mora no responde a una genuina recuperación económica. La morosidad de los créditos nuevos es notablemente baja debido a las tasas reales negativas vigentes desde febrero, pero la base de la deuda no se expande. Si el crédito total se estuviera recuperando de forma agresiva, la morosidad debería mostrar caídas muchísimo más profundas. En cambio, el crédito sigue cayendo en términos reales frente a una inflación que corre por encima de las tasas de financiamiento, lo que impide que la rueda productiva vuelva a girar.

El desplome del crédito en la calle:

En esta línea, el analista financiero Martín Género aportó cifras alarmantes sobre cómo se está contrayendo el financiamiento en la economía cotidiana. Según los datos del informe monetario diario del Banco Central analizados en el programa:

  • Contracción real del crédito: Aunque el crédito al sector privado nominalmente creció un 13,1% en los primeros siete meses del año, la inflación acumulada en el mismo período rondó el 19%, evidenciando una caída sistemática en términos reales.
  • Julio sigue en rojo: Durante el último mes, el crédito al sector privado apenas aumentó un 1,2% mensual, quedando nuevamente por debajo de una inflación estimada entre el 1,8% y el 2%.
  • El derrumbe hipotecario: Los créditos hipotecarios mostraron una levísima mejora por encima de la inflación, pero representan apenas el 8% del total del crédito. En paralelo, las escrituras con hipoteca en la Ciudad de Buenos Aires registraron un desplome interanual del 37%.
  • Consumo por el piso: Las líneas de financiamiento más masivas y representativas continúan en caída libre. Los préstamos personales siguen perdiendo contra la inflación, mientras que el financiamiento con tarjetas de crédito sufrió una contracción real del 1,9% en los últimos 30 días.

Ante este escenario, Martín Género remarcó que el crédito no se recompone. Las únicas alternativas que surgen son las refinanciaciones “silenciosas” que aplican algunos bancos privados y los programas específicos lanzados por el Banco Nación para deudas de tarjetas de crédito. En términos globales, la economía argentina acumula más de un año (13 meses) sin una verdadera recomposición del crédito productivo y de consumo.

La “zancadilla” del Estado: ¿Un problema exclusivo entre privados?

El núcleo de la polémica radica en la postura del presidente Javier Milei y del ministro de Economía Luis Caputo, quienes insisten en que el endeudamiento de las familias y las empresas es un “problema estrictamente entre privados”. Ante las quejas de quienes tomaron deudas a tasas altísimas, la respuesta oficial es tajante: “¿Les pusieron una pistola en la cabeza para endeudarse? No, entonces arréglense solos, el Estado no va a pagar la cuenta de otros”.

Maxi Montenegro cuestionó con dureza este enfoque dogmático, argumentando que existe una clara responsabilidad sistémica del Estado. La explosión de las tasas de interés que asfixió a los deudores no fue producto de malas decisiones individuales, sino de una decisión de política económica directa: el Gobierno implementó un apretón monetario feroz, elevó los encajes bancarios y modificó las reglas del sistema financiero para contener una corrida cambiaria, disparando las tasas de interés al infinito.

“La responsabilidad de los que tomaron crédito fue confiar en que la economía transitaría un año electoral normal, creyendo en la palabra de las autoridades que prometían estabilidad”, comento Montenegro.

El periodista señaló que, si bien es correcto evitar el “riesgo moral” de subsidiar indiscriminadamente como se hacía en el pasado, el Gobierno cuenta con instrumentos de política monetaria que no comprometen recursos públicos. Una de las principales propuestas, que coincide con el planteo de economistas como Martín Redrado, es dejar de integrar los encajes de los bancos con títulos públicos.

Actualmente, esta medida funciona como un incentivo perverso para que los bancos prefieran financiar al Tesoro (a Luis Caputo) con sus pesos sobrantes en lugar de prestarle o refinanciar a los privados (“Pirulito”) a tasas más bajas. Al no aplicarse esta remonetización, a las pymes se les cobran tasas nominales anuales (TNA) de hasta el 100% para refinanciar deudas, empujándolas a la quiebra. Lo que comenzó como un problema microeconómico, advierte Maxi, termina rompiendo la macroeconomía.

El ahogo de la economía real:

El economista Amílcar Collante expuso la brutal realidad que enfrentan los sectores productivos en la calle, desarmando la idea de que quienes entran en cesación de pagos lo hacen por ineficiencia o mala fe. Las pequeñas y medianas empresas se encuentran atrapadas en una “zancadilla triple” donde confluyen:

  1. Colapso de ventas: La recesión económica mantiene la demanda por el piso, destruyendo la rentabilidad de las empresas.
  2. Imposibilidad de ajustar precios: Con las ventas destruidas, las pymes no tienen margen para trasladar los aumentos de costos a los precios de venta.
  3. Explosión de costos fijos: El incremento descontrolado de las tarifas de servicios públicos y la inalterable carga impositiva nacional, provincial y municipal (deudas acumuladas con ARCA, antes AFIP, y distritos locales) asfixian la caja operativa de las firmas.

Amílcar Collante ilustró esta catástrofe con un caso concreto que expone la inviabilidad de la economía real: una pyme comercial que recibió una factura de luz de 23 millones de pesos (“23 palos”) mensuales. Con las ventas paralizadas y tarifas de semejante magnitud, la capacidad de pago es nula.

Esta misma asfixia se traslada a las familias. Montenegro citó el caso de los créditos personales tomados no solo para consumo suntuario, sino simplemente para complementar ingresos y llegar a fin de mes. Incluso en el sector automotriz, agencias de venta reportan clientes que, a la cuarta o quinta cuota de un crédito prendario, deciden devolver el vehículo ante la imposibilidad absoluta de pago, topándose con las trabas legales que impiden una salida rápida de esa deuda.

Conclusión: Del dogmatismo al pragmatismo económico

Maxi Montenegro cerró su editorial con un llamado urgente a la empatía y al pragmatismo de la gestión económica. En la visión del periodista, el Gobierno de Milei tiende a catalogar a cualquiera que atraviese una situación crítica como un “depravado, un degenerado o un inútil”.

Sin embargo, detrás de la mora y las persianas cerradas no hay un intento de estafar al Estado, sino las consecuencias de una política macroeconómica que impuso un costo desmedido sobre los privados [9, 11]. Incluso desde una perspectiva netamente pragmática, destrabar la situación de los deudores y aliviar a las pymes es fundamental para quitarle “palos en la rueda” al propio plan económico y permitir una verdadera reactivación.

En definitiva, la advertencia de Montenegro para el equipo económico es clara: “No le digas idiota” al que apostó por producir o al que tomó un crédito confiando en el rumbo del país; porque sin ellos, no habrá confianza, ni crédito, ni rebote que sostenga el programa oficial.