Pasada la elección de 2025, el mercado puso el foco en un solo objetivo: que el BCRA acumulara reservas. La idea era despejar la incertidumbre cambiaria, fortalecer el programa financiero y consolidar la desinflación. El Gobierno cumplió: el Banco Central compró más de US$13.000 millones en siete meses y el riesgo país cayó con fuerza. Pero mientras mejoraban las variables financieras, la economía real empezó a mostrar señales de deterioro. En los últimos doce meses cayó el empleo asalariado privado registrado, retrocedió el salario real y el crédito se frenó por el aumento de la morosidad, especialmente entre las familias. Ese deterioro también empezó a reflejarse en el humor social: el Índice de Confianza en el Gobierno cayó 6,5% en julio respecto del mes anterior y acumula una baja del 21% interanual. Ahí aparece el principal interrogante. De cara a 2027 ¿podrá el oficialismo sostener este modelo y buscar la reelección de Javier Milei? La pregunta de fondo es si la economía real terminará contagiándose del optimismo financiero o si será el verdadero “aguafiestas” del programa económico.
Los datos más recientes muestran una pérdida de impulso generalizada. El EMAE (Estimador de la actividad económica) pasó de crecer 5,3% interanual a apenas 0,2% (mayo 2026 vs mayo 2025); la pérdida acumulada de empleo asalariado privado supera los 235.000 puestos en la era Milei (casi 128.000 puestos asalariados registrados menos en últimos 12 meses). Los salarios reales volvieron a terreno negativo. El crédito que había sido un motor de la recuperación desde mediados de 2024, se frenó por completo desde el apretón monetario de julio del 2025 . Y la tasa de morosidad se disparó en familias. Pasó de 4,5% en mayo de 2025 a 12,8% en mayo pasado. Asimismo, la caída del crédito privado impacta en bienes durables: los pateamientos de vehículos acumulan una caída cercana al 10% en el primer semestre. Las escrituras con hipotecas en provincia de Buenos Aires cayeron 32,6% en el primer semestre de 2026 (vs. mismo periodo de 2025) y en CABA la caída fue de 37,1% para el mismo periodo.
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A esta foto se suma un dato particularmente sensible: la caída de la confianza. El Índice de Confianza del Consumidor (ICC) de la Universidad Di Tella cayó 4,8% en julio y se ubica 12,3% por debajo del nivel de un año atrás. Además, acumula una baja superior al 14% respecto de los máximos alcanzados durante la actual gestión.
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A esta dinámica se suma el deterioro reciente del Índice de Confianza en el Gobierno (ICG). Aunque sus niveles siguen lejos de los mínimos observados en otras administraciones, la tendencia comienza a acompañar lo que muestran la actividad y el consumo: la estabilización macroeconómica todavía no logra transformarse en una mejora perceptible para amplios sectores de la sociedad.
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Hay divergencia marcada entre la economía real y la percepción del mercado, que todavía descuenta altas chances de reelección de Milei en 2027.
Lo llamativo es que el deterioro de la economía real aún no aparece reflejado con la misma intensidad en las variables financieras. El riesgo soberano, los bonos y el mercado cambiario continúan reflejando una visión relativamente favorable sobre la sostenibilidad del programa económico. La inflación baja, el equilibrio fiscal y la estabilidad cambiaria siguen funcionando como anclas de credibilidad.
El riesgo país paso de 640 puntos (en abril) a 440 puntos básicos en la actualidad, depués de haber tocado un piso de casi 400. Tras los meses de compras fuertes de dólares del BCRA, el anuncio del programa financiero y la suba en las calificaciones de la deuda de Argentina. Todo parecía que llevaba a que el riesgo país perfore los 400 puntos. Sin embargo, los últimos datos del EMAE y el ICG-UTDT parece que le pusieron “un piso” al riesgo soberano y se ubica entre 440/450 puntos.
Hoy conviven dos diagnósticos. Por un lado, una economía financiera que continúa apostando a la consolidación del programa y reelección de Milei. Y por otro, una economía real donde actividad, empleo, salarios, consumo y confianza muestran señales de deterioro respecto de un año atrás.
El mercado, por ahora, parece otorgarle tiempo al Gobierno para corregir esta divergencia. Y probablemente tenga razones para hacerlo. No hay una crisis cambiaria en marcha ni desequilibrios macroeconómicos comparables con otros años.
Sin embargo, la incógnita hacia 2027 ya no pasa sólo por la macroeconomía, sino por la economía real. El mercado sigue apostando a la continuidad del programa, pero la actividad, el empleo, los salarios y la confianza muestran un deterioro que empieza a ponerle un límite al optimismo financiero.
Si esa tendencia se profundiza, la primera señal probablemente aparezca en un mayor riesgo país y, luego, en una mayor dolarización de carteras, poniendo presión sobre la estabilidad cambiaria y la estrategia del BCRA de acumulación de reservas. El Gobierno todavía está a tiempo de corregir y tomar medidas. La pregunta es si estará dispuesto a incorporar medidas “más heterodoxas” para reactivar la economía, apuntalar a los sectores más rezagados y destrabar el creciente problema de la morosidad. En el camino hacia la elección de 2027 se juega buena parte de sus chances de sostener el programa económico con resultados concretos en la economía real, que mejoren a su vez sus perspectivas electorales.